Dejemos fluir. Colaboración de Antonio Carrillo para Roaeducacion

Una preciosa reflexión sobre “la autoexigencia” y la “Ilusión del control”en el marco educativo y familiar.

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Hace muchos años había un niño que leía muchos cuentos.

Hoy recuerda que en uno de esos días que se pierden en las brumas de la memoria leyó uno de esos cuentos de Facultad Universitaria, donde en una esquina escrito a mano se subrayaba que en el caos no hay error. El niño nunca creyó tal afirmación, y creció y se relacionó con su entorno haciendo caso omiso al contenido de aquel mensaje. Tal vez pensaba que aunque no lo pareciera, habría orden en el caos. Esa frase del cuento de Física, recordaba, no explicaba muchas cosas que eran muy importantes; si no trabajo duro y pongo razón a todo lo que me rodea, se decía para sí, está claro que no demostraré la fuerza de voluntad y la sensatez que siempre me han acompañado. Sensatez que los demás apreciaban, y que al niño le daba la seguridad que parecía otorgar la complacencia de los adultos ante alguien tan responsable, y en el fondo tan secuestrado por las emociones de otros.

Y así, exigido y autoexigido, iba el niño creciendo sobreexigido; calculando y recalculando su visión e identificado y reidentificando sus valores (cosa que, por otra parte, sonaba muy madura) llegó a tener muy clara su ilusión del control, que tenía mucho de ilusión y poco de control… al menos para este formato en el que venimos al mundo los humanos, sin manual de instrucciones de arqueología interior.

Como otros muchos fue a la Universidad por la tarde mientras trabajaba por las mañanas. Y eligió sus estudios universitarios desde afuera hacia adentro, dejando de lado todas aquellas voces y señales interiores que le indicaban con un gesto amigo la dirección de una profesión vocacional, que ni tan siquiera se atrevió a plantear por no romper la coherente cadena de agrados hacia ese entorno en que crecía. Entorno satisfecho y autojustificado en sus juicios rápidos y comprensiones lentas y diferidas.

Los años fueron pasando y, a pesar de todo, el niño , ya con más práctica como niño, quería creer que no había atajos, que existía la igualdad de oportunidades, que perduraban ciertas reglas de comportamiento que ofrecían la posibilidad de competir sin trampas y con un sustrato de ética que todos podían compartir y que se llamaba Integridad.

Hoy el niño, bastante más mayor, recuerda con una sonrisa cómplice al pequeño iluso que fue y al que todavía hoy cura sus heridas con cariño, mientras celebra a la vez la capacidad del ser humano para hacerse más fuerte y recuperarse del contacto con las tóxicas máscaras que todos llevamos puestas; sonríe de nuevo por el reencuentro con esa capacidad que nos hace descubrir el sentido a nuestras vidas, siempre fuertes, y sin un ápice de victimismo. Sabe que su libertad de pensamiento le ayuda a saber vivir y a perfeccionarse y que toda crisis, por propia etimología, admite reversibilidad.

El niño ya mayor sabe que educar es necesario para vivir en sociedad. Pero no de cualquier modo, no a cualquier precio, no construyendo pequeños monstruos con apariencia de niños sobreinformados a los que miramos con recíproca indiferencia y que serán fácil presa del consumismo exaltado y delirante, del todo vale en plena indigencia cultural y del relativismo más absoluto.

El niño ya mayor se afilia indudablemente a la tesis de que es necesario ayudar a los demás, desde pequeños, a descubrir sus necesidades, sus talentos y pasiones constructivas, y no obviarlos ni trivializarlos , ayudándoles a que también crezcan emocionalmente sanos, además de física, psicológica y espiritualmente. Así no se retrasará más la felicidad que supone dedicar tiempo a aquello que conmueve a cada persona y que pone brillo en sus ojos, a aquello que nos ayuda a ser extraordinarios con o sin cuentos.

Por Antonio Carrillo, profesor en Escuelas de Negocio y Consultor Sénior de Riesgo de Crédito. Colaborador en “El Yo Infantil y sus circunstancias” con relatos cortos, utiliza las pequeñas narraciones como recurso pedagógico en sus clases.

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