LA GOTA DE LLUVIA de Alfredo Gómez Cerdá. Un precioso relato para estas vacaciones de verano.

Os dejo un precioso cuento para disfrutar con vuestros hijos cualquier tarde de verano porque la parte más importante de la Educación de los niños y de las niñas tiene que ver con las emociones…

Gota de lluvia

Una gran nube, muy espesa y muy oscura, cubría por completo el cielo de la ciudad…

Las gentes, al verla, aceleraban el paso.

  • ¡ Nos mojaremos! – decían unos…
  • ¡Con lo despejado que amaneció el día!- decían otros.
  • ¡ Y hemos salido de casa sin paraguas! – se lamentaban los más quejicas.

Aunque todavía era media tarde, casi parecía de noche, de lo oscurísima que era la nube.

De repente, el resplandor de un enorme relámpago lo iluminó todo: las calles, los tejados de las casas, el quiosco de periódicos, los árboles, las antenas de televisión, los autobuses…

Y al momento,

¡¡¡BRRRRROOOOUUUUUMMMMM!!!

¡ Menudo trueno!

Vibraron los cristales de todas las ventanas y a los gatos se les erizaron los pelo.

En ese instante, todo el mundo pensaba que iba a caer un fuerte chaparrón sobre la ciudad.

Todo el mundo lo pensaba.

Sin embargo…

Sólo cayeron cuatro gotas.

¡ Cuatro!

¡ Una, dos, tres y cuatro!

 

La primera gota cayó en la oreja de un perro vagabundo.

Era un perro poco aseado, con cara de malas pulgas y sin nombre.

No tenía nombre porque no tenía amo.

¡ Y bien contento que estaba el perro por no tener amo!.

Sin amo se sentía libre: no tenía que lavarse de vez en cuando, olisqueaba todo lo que le apetecía y hacía pis donde le daba la gana.

Al sentir la gota en su oreja, dio un salto y un ladrido.

  • ¡Esa nube tonta no sabe que odio lavarme!- protestó con el ladrido.

Luego, miró a la nube con su cara de malas pulgas y sacudió la cabeza un par de veces.

¡A la derecha y a la izquierda!

¡A la derecha y a la izquierda!

No quedó ni rastro de la gota.

Satisfecho, el perro vagabundo continuó su camino.

 

La segunda gota cayó en la copa de un árbol. Era un árbol alto y frondoso de hojas grandes de un verde brillante.

La gota se detuvo en medio de una hoja.

  • ¡Qué árbol tan bonito! – dijo.

Empujada por el viento, la hoja se inclinó un poquito. La gota entonces tuvo una idea.

  • ¡Allá voy!- exclamó.

Y se dejó caer, resbalando por la superficie de la hoja, como si se tratase de un verdadero tobogán.

Cayó a otra hoja, que estaba un poco más abajo.

  • ¡Qué divertido!- gritaba.

Y luego a otra,  que estaba más abajo todavía.

  • ¡Qué emocionante!.

Estaba tan entusiasmada la gota, que no se daba cuenta de que en cada hoja, al resbalarse, dejaba un reguerito de agua. Por eso su cuerpo era cada vez más pequeño.

  • ¡ Qué…!- empezó a gritar al resbalar por la cuarta hoja.

Pero no pudo terminar su grito, pues acababa de desaparecer por completo.

 

La tercera de las gotas cayó en el ojo izquierdo de don Basilio, el frutero.

Don Basilio andaba todo el día molesto con su ojo izquierdo.

Por la mañana, al descargar unas cajas del camión, se le había metido una motita de polvo.

Aquella motita de polvo le estaba haciendo polvo.

Tenía el ojo tan colorado como sus tomates.

Don Basilio, al oír aquel trueno tan tremendo, se había asomado a la puerta de su tienda. Miraba hacia arriba y se rascaba la punta de la nariz:
y de repente…

¡¡¡ ZAS!!!

¡ Qué puntería tuvo la gota!

  • ¡ Mecachis!- exclamó don Basilio, cerrando su ojo inmediatamente.

Luego lo abrió. Y volvió a cerrarlo. Y de nuevo lo abrió. Y lo cerró otra vez. Y…

Por último dio un grito y un salto de alegría.

Con el grito, asustó a doña Berta, su mujer, que estaba dentro de la tienda.

Con el salto tropezó con unas cajas de melocotones y a punto estuvo de caerse.

Don Basilio estaba muy contento. Aquella gota le había sacado de su ojo la motita de polvo que le estaba haciendo polvo.

 

La cuarta gota cayó en el cristal de una ventana. Y allí se quedó. , bien sujeta.

Como era una gota muy curiosa, miró al otro lado del cristal. Vio una habitación.

En la habitación había una cama pequeña, una mesilla con cajones, un armario, una mesa de escritorio, algunas estanterías.

Sobre la cama, un enorme y bonito oso de peluche.

Encima de la mesa de escritorio, libros y cuadernos del colegio.

En la estantería había libros de los otros: de aventuras, de fantasía, de risa, de misterio…

Por el suelo, un tren de madera y un par de zapatillas de deporte.

Las paredes estaban llenas de carteles, clavados con chinchetas. En uno de ellos se veía un jugador de baloncesto. En otro, un payaso con la nariz tan grande y tan roja como un pimiento.

En otro, un paisaje con un río cruzado por un puente de madera.

La gota de lluvia, bien agarradita al cristal de la ventana, lo pasaba muy bien mirando aquellas cosas.

De pronto se abrió la puerta de la habitación y entró un niño.

El niño parecía enfadado.

Dio un manotazo al oso de peluche que había sobre la cama y lo tiró al suelo.

Después dio una patada al tren de madera y desenganchó todos los vagones.

Por último, se dirigió a la ventana y se quedó mirando a la calle, con los labios apretados de rabia.

Por una de las mejillas de aquel niño resbalaba una lágrima.

La gota de lluvia se sorprendió al descubrir esa lágrima, que también era una gota como ella.

  • ¡ Oh ¡- exclamó la gota-. ¡ Está llorando!.

La gota de lluvia comenzó a preocuparse.

  • ¿ Qué le pasa a este niño? ¿ Por qué llora así? Tal vez tenga problemas. Los niños también tienen problemas. Tal vez tenga un problema grandíiiiiiisimo.

Mientras trataba de imaginarse el motivo de aquel llanto, vencida por su propio peso, la gota de lluvia comenzó a resbalarse por el cristal-

  • ¡ No puedo consentir que llores, pequeño!- le gritó al niño.

La gota de lluvia iba dejando un reguerito en el cristal,  y a medida que caía y caía, se iba haciendo más pequeña sin remedio.

  • ¡El tiempo se me acaba!- gritó la gota de lluvia-. ¡ Tengo que hacer algo!, ¡ y pronto ¡ ¡ no me gustan nada las gotas en las mejillas de los niños.

De repente, la gota de lluvia tuvo una idea.

Pensó que no era la mejor de las ideas, que tal vez hubiese ideas mucho más interesantes. Pero… fue la única idea que se le ocurrió en esos momentos.

Con todas sus fuerzas, trató de mover hacia un lado todo lo que quedaba de su cuerpecillo de agua.

Empujó y empujó.

  • ¡ Vamos! ¡ muévete de una vez! – se daba ánimos.

Y por fin lo logró.

Sin dejar de descender, todo su cuerpo se desplazó a un lado del cristal de manera increíble.

¡ A un lado! ¡ a otro! ¡qué piruetas! ¡curvas, rectas! ¡ fantástico, extraordinario!.

El niño se sorprendió por aquel extraño movimiento de la gota que estaba justo delante de sus narices.

  • .. ¿qué está haciendo esa gota?- dijo el niño.

Animada por el éxito inicial, la gota de lluvia se dispuso a continuar, a pesar de que su cuerpecillo era cada vez más pequeño y sus fuerzas más escasas.

  • ¡Vamos, vamos, lo conseguirás!.- volvió a darse ánimos la gota.

El niño estaba completamente embelesado.

La gota de lluvia empujó y empujó…

¡ Y volvió a lograrlo!.

Con otra sorprendente pirueta, desplazó otra vez lo poco que le quedaba de su cuerpecillo.

¡ Arriba, abajo!.

El niño abrió unos ojos como platos.

  • .. ¡ esta gota se ha vuelto loca!- exclamó.

El niño se fijó en ese reguerito que iba dejando la gota en el cristal. De pronto como le pareció descubrir dos letras: la R y la E.

Era, sencillamente, increíble.

Aquella gota de lluvia con cuerpecillo de agua, estaba escribiendo algo.

¡ Y se lo estaba escribiendo a él!.

De esta manera, la gota  de lluvia descendió a lo largo de todo el cristal de la ventana.

Parecía una campeona de esquí.

Giraba a la a derecha. Giraba a la izquierda. De nuevo a la derecha…

Con la boca abierta, el niño no se perdía detalle.

  • ¡ Oh!- exclamaba una y otra vez.

El niño siguió descubriendo letras en el cristal de su ventana. A la E le siguió una I, y a esta, otra R.

Ya había una palabra entera escrita. Y esa palabra decía: REIR.

El niño se secó la lágrima de su mejilla con la manga de la camisa y sonrió.

La gota de lluvia, antes de evaporarse por completo pudo ver la sonrisa del niño.

Pudo ver cómo el niño recogía el oso de peluche del suelo y lo colocaba sobre la cama.

Pudo ver cómo el niño enganchaba los vagones del tren de madera que poco antes había derribado de una patada. Pudo ver cómo el niño rebuscaba en la estantería y sacaba un libro.

A la gota de lluvia le pareció ver, incluso, el título de aquel libro.

¡ No! ¡no era posible!. ¿ Cómo iba a titularse aquel libro “ La gota de lluvia”?.

La gota de lluvia intentó sonreír también, pero ya no quedaba nada de su cuerpecillo de agua.

Convertida en vapor, ascendía por el aire, buscando la gran nube, muy espesa y muy oscura, que seguía cubriendo por completo el cielo de la ciudad.

 

 

 

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