La esperanza de una revolución discreta. Nueva colaboración de Antonio Carrillo para Roaeducación

Y esa esperanza sólo pueden hacerla realidad en el futuro y en el presente aquellos que tomen conciencia de que ese cambio depende absolutamente de todos, incluso  de aquellos cuya aportación pudiera parecer insignificante; de hecho, el imperceptible aleteo de una mariposa sabemos a ciencia cierta que puede tener efectos impensables en regiones lejanas. Se trataría de repensar las bases, me refiero al hecho de ser consciente de  saber que un pensamiento genera una acción, una acción va creando un hábito y un hábito va conformando un carácter, siendo esto claramente extrapolable desde una persona considerada individualmente hasta un grupo humano, y por tanto hacia una sociedad.

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De esta manera, sería conveniente partir de la realidad, con independencia del nombre que le pongamos a nuestro mundo de hoy en día; hemos perdido la capacidad de asombro, que tal vez es uno de los motores del aprendizaje.

Se trata por tanto de conciliar de manera honesta tanto la parte emotiva, lo que tradicionalmente se ha conocido como mythos, con la parte de racionalidad que la especie humana quiere ostentar como exclusiva, el logos.

En todo proceso educativo,  y concretamente en la parte del mismo que sucede dentro del aula, es necesario asumir que existirá el conflicto, el cual es consustancial al proceso de aprendizaje, pues brinda una oportunidad para superarse y en el fondo, aprender es superarse; por tanto será imposible que busquemos quietud y absoluta previsibilidad en el desarrollo del día a día en las clases, el aula es un nicho de problemas. Pero problemas entendidos como conflictos, conflictos entendidos como se ha mencionado anteriormente como una oportunidad para superarse. Contemplando en primera instancia al personal docente, y para un adecuado cumplimiento de este enfoque, hace falta cierta vocación, lo que lleva aparejado un fuerte compromiso aceptando la situación actual como punto de partida, no como una limitación que determina una forma de enseñar caduca y cerrada. Se hace pues necesario un rumbo      que desarrolle una mejora en la educación a través de la investigación continua y de la detección de las necesidades de los alumnos también a través de la cercanía, del estar presente en su día a día para, precisamente, de este modo ser conscientes de primera mano de esas necesidades que sienten, perciben y realmente les acompañan durante las diversas etapas de su aprendizaje.

El profesor se conforma como una especie de acompañante, de arquitecto que tiende puentes entre lo subjetivo  y lo objetivo, entre lo emotivo y lo racional, para tomar lo positivo de la cultura académica tradicional pero transformándola y haciéndola más fácil de absorber por parte de las nuevas generaciones, cuya disposición para aprender es distinta a la de épocas anteriores. La capacidad para el aprendizaje por parte de los estudiantes no es la misma que tenían los jóvenes del siglo anterior, simplemente es distinta dentro de un mundo mucho más visual, digital e inmediato;  no les atraen las mismas formas de transmisión de conocimiento y sus planteamientos finalistas son radicalmente diferentes y cambiantes como muestra realidad del día a día.  Se hace por tanto necesario de alguna manera conmover al alumnado haciéndoles ver la necesidad de esa revolución discreta que encuentre una mayor justicia social y hacer que su curiosidad natural se enfoque hacia aspectos que les haga crecer. La tarea  no es fácil desde diversos puntos de vista, tanto desde una perspectiva ética como social, especialmente cuando tomamos consciencia de que la crisis actual es el resultado de una verdadera crisis de valores, máxime cuando parece cierto que hoy en día los jóvenes no tienen aquellos valores en los que otras generaciones precedentes han sido educadas; y teniendo en cuenta que el impacto que tiene, desde un punto de vista global, la acción del hombre sobre el planeta, tanto en su medio físico como social, estamos claramente en nuestra época actual en algo que podríamos calificar como periodo de máximo riesgo.

El permanente suministro o incluso bombardeo de datos a los que se somete a los jóvenes( y a los no tan jóvenes) en esta sociedad de la información, la inundación de diversos reportajes y resultados de corresponsalía tremendamente dispares,  de forma consecutiva sin ningún tipo de transición entre unas y otras (de una matanza provocada por fanáticos descerebrados pasamos directamente a los goles de la jornada en las ligas europeas, pasando igualmente por el éxito televisivo de la última e indiscutiblemente genial serie promovida, casualmente, por la cadena que estamos viendo y financiada, por pura coincidencia, por el proveedor financiero habitual de la cadena en cuestión), hace que tanta información descontextualizada ponga en el mismo nivel de importancia a todas ellas, es decir, importancia casi nula mientras no afecte directamente al telespectador reblandecido en sus comodidades y endurecido en sus emociones (también cuando no le escuecen directamente) protegidas tras la barrera. El resultado es muchas veces un egoísmo exacerbado que inunda el entorno del joven, una violencia que incluso se manifiesta físicamente hacia su entorno y que  ellos reproducen, entontecidos, como estrellas mediáticas y cuyas acciones serán alabadas por unos corifeos tanto o más mermados de facultades como esos protagonistas. Ante tal panorama se hace imprescindible, desde mi punto de vista, un planteamiento que aúne y vincule la educación con los valores,  y con la máxima urgencia, ver qué se va a enseñar, que proceso inspirador se va a seguir para transmitir esos valores que podemos considerar como buenos en la medida que nos hacen mejores a todos y no dañan a los demás, y no perder de vista qué finalidad se persigue dentro del marco educativo, no olvidar que el centro está  tanto en la misma persona, en el propio ser humano, como en su feliz desarrollo.

Por Antonio Carrillo, Profesor en Escuelas de Negocio y Analista de Inversiones. Autor del libro: “Aikido para niños. Un cuento sin cuentos”. Colaborador en el libro “El Yo Infantil y sus circunstancias” con relatos cortos, utiliza las pequeñas narraciones como recurso pedagógico en sus clases.

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